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20 minutos para decidir mejor

Si usás IA todos los días pero las decisiones importantes siguen llegando tarde, esto te interesa.

La semana pasada estuve con Rodrigo, CEO de una empresa de tecnología en Buenos Aires. 90 empleados. Creciendo rápido, pero con esa sensación rara de que lo importante siempre se decide tarde.

Y me dijo una frase que me quedó dando vueltas:

"Uso IA todos los días. Pero la uso para cosas de mierda."

Se reía. Pero tenía razón. La usaba para resumir emails. Para generar borradores. Para acelerar tareas del equipo. Todo útil. Nada estratégico.

Mientras tanto, llevaba tres meses postergando la decisión que de verdad movía el negocio: abrir operaciones en un segundo país o doblar la apuesta en Argentina. Mucho en juego. Y cada reunión terminaba igual. Con más preguntas que respuestas.

Por qué casi nadie hace el cambio

Resumir un email no asusta. Generar un borrador tampoco. Limpiar la bandeja de entrada es casi terapéutico. Le pedís algo concreto, te devuelve algo concreto, lo tachás de la lista.

Sentís que estás avanzando.

Pedirle a la IA que cuestione tu estrategia es harina de otro costal. Cuando le das tu razonamiento completo y le pedís que lo rompa, te empieza a mostrar cosas que ya intuías pero no querías mirar.

Que ese cliente clave está más frágil de lo que reconocés.

Que la persona que contrataste hace seis meses no está funcionando y vos lo sabés desde el mes dos.

Que tu plan de expansión depende de un supuesto que ya no se sostiene.

Eso incomoda. Y la mayoría se queda en el plano operativo justamente para no llegar ahí.

Lo que hicimos con Rodrigo

Fuimos al grano.

Le pedí que abriera Claude y le diera contexto real. Los números del trimestre. Los supuestos detrás de cada opción. Las conversaciones que ya había tenido con su equipo. Sus miedos. Lo que no se animaba a decir en voz alta.

Todo. Sin filtro.

La gente pega tres bullets y espera milagros. No funciona así. Si sos perezoso cargando el contexto, vas a recibir respuestas igualmente perezosas. Lo que ponés es lo que recibís.

Después de cargar todo, una sola instrucción:

"Actuá como el advisor más exigente que conozco. ¿Qué supuestos estoy asumiendo que podrían estar mal? ¿Qué no estoy viendo?"

Veinte minutos.

En veinte minutos tenía tres puntos ciegos que ni él ni su equipo habían nombrado en semanas de reuniones.

Uno tenía que ver con los costos reales de mantener dos operaciones en paralelo. Otro con un supuesto sobre el comportamiento del cliente argentino que ya no era cierto. El tercero era el más incómodo: Rodrigo había convertido la decisión en binaria cuando existía una tercera opción que nadie había puesto sobre la mesa.

No tomó la decisión ese día Pero por primera vez en meses, supo exactamente qué información le faltaba para tomarla. Y eso fue lo que destrabó todo.

Tres formas de probarlo esta semana

  1. Pasá tus OKRs por un filtro.

    Pegá tu lista de objetivos del trimestre y preguntá:


    "Dado que mi estrella polar es X y mis recursos son limitados, ¿cuáles 3 generan más tracción real y cuáles son ruido? Sé brutal. No me digas lo que quiero escuchar."


    No copies la respuesta.


    La trampa más común acá es esperar que la IA te valide. Si lo hace, no te sirvió de nada. Lo que querés es fricción. Que te muestre las contradicciones entre lo que decís que es prioridad y dónde está realmente tu tiempo.

    Esa fricción es la que clarifica el pensamiento. La respuesta literal importa poco.


  2. Prepará tu próxima reunión de liderazgo en 20 minutos.

    Compartile el contexto completo de la semana. Qué funcionó. Qué no. Qué decisiones siguen abiertas. Quién dijo qué.

    Después pedile lo que tu equipo no se anima a pedirte:

    "Identificá las tres preguntas más incómodas que mi equipo debería estar haciéndome y no me hace."

    Una reunión preparada así vale tres veces más que una improvisada. En lugar de llegar a actualizar status, llegás a destrabar lo que importa.


  3. Estresá tu estrategia antes de comunicarla.

    Antes de presentar una decisión grande, ponela a prueba:

    "Esta es mi estrategia para los próximos 6 meses. Imaginate que sos el inversor más escéptico de mi cap table. ¿Qué supuestos estoy asumiendo que podrían estar mal? ¿Qué te haría votar en contra?"

    Si tu estrategia no sobrevive ese análisis, no está lista para tu equipo.
    Y si la rompés ahí, en privado, te ahorrás romperla en público con veinte personas mirándote.


El Patrón

El patrón es el mismo en los tres casos.

No le pedís a la IA que piense por vos. Le das contexto real y la usás para ver lo que sola no verías. Para que te haga las preguntas que tu equipo no se anima a hacerte. Para que te muestre los supuestos que vos mismo dabas por ciertos.

Casi nunca lo que te frena son los datos ni el tiempo. Es no haberte sentado a mirar con honestidad lo que ya tenés enfrente.


Si usás IA todos los días pero las decisiones importantes siguen llegando tarde, esto te interesa.

La semana pasada estuve con Rodrigo, CEO de una empresa de tecnología en Buenos Aires. 90 empleados. Creciendo rápido, pero con esa sensación rara de que lo importante siempre se decide tarde.

Y me dijo una frase que me quedó dando vueltas:

"Uso IA todos los días. Pero la uso para cosas de mierda."

Se reía. Pero tenía razón. La usaba para resumir emails. Para generar borradores. Para acelerar tareas del equipo. Todo útil. Nada estratégico.

Mientras tanto, llevaba tres meses postergando la decisión que de verdad movía el negocio: abrir operaciones en un segundo país o doblar la apuesta en Argentina. Mucho en juego. Y cada reunión terminaba igual. Con más preguntas que respuestas.

Por qué casi nadie hace el cambio

Resumir un email no asusta. Generar un borrador tampoco. Limpiar la bandeja de entrada es casi terapéutico. Le pedís algo concreto, te devuelve algo concreto, lo tachás de la lista.

Sentís que estás avanzando.

Pedirle a la IA que cuestione tu estrategia es harina de otro costal. Cuando le das tu razonamiento completo y le pedís que lo rompa, te empieza a mostrar cosas que ya intuías pero no querías mirar.

Que ese cliente clave está más frágil de lo que reconocés.

Que la persona que contrataste hace seis meses no está funcionando y vos lo sabés desde el mes dos.

Que tu plan de expansión depende de un supuesto que ya no se sostiene.

Eso incomoda. Y la mayoría se queda en el plano operativo justamente para no llegar ahí.

Lo que hicimos con Rodrigo

Fuimos al grano.

Le pedí que abriera Claude y le diera contexto real. Los números del trimestre. Los supuestos detrás de cada opción. Las conversaciones que ya había tenido con su equipo. Sus miedos. Lo que no se animaba a decir en voz alta.

Todo. Sin filtro.

La gente pega tres bullets y espera milagros. No funciona así. Si sos perezoso cargando el contexto, vas a recibir respuestas igualmente perezosas. Lo que ponés es lo que recibís.

Después de cargar todo, una sola instrucción:

"Actuá como el advisor más exigente que conozco. ¿Qué supuestos estoy asumiendo que podrían estar mal? ¿Qué no estoy viendo?"

Veinte minutos.

En veinte minutos tenía tres puntos ciegos que ni él ni su equipo habían nombrado en semanas de reuniones.

Uno tenía que ver con los costos reales de mantener dos operaciones en paralelo. Otro con un supuesto sobre el comportamiento del cliente argentino que ya no era cierto. El tercero era el más incómodo: Rodrigo había convertido la decisión en binaria cuando existía una tercera opción que nadie había puesto sobre la mesa.

No tomó la decisión ese día Pero por primera vez en meses, supo exactamente qué información le faltaba para tomarla. Y eso fue lo que destrabó todo.

Tres formas de probarlo esta semana

  1. Pasá tus OKRs por un filtro.

    Pegá tu lista de objetivos del trimestre y preguntá:


    "Dado que mi estrella polar es X y mis recursos son limitados, ¿cuáles 3 generan más tracción real y cuáles son ruido? Sé brutal. No me digas lo que quiero escuchar."


    No copies la respuesta.


    La trampa más común acá es esperar que la IA te valide. Si lo hace, no te sirvió de nada. Lo que querés es fricción. Que te muestre las contradicciones entre lo que decís que es prioridad y dónde está realmente tu tiempo.

    Esa fricción es la que clarifica el pensamiento. La respuesta literal importa poco.


  2. Prepará tu próxima reunión de liderazgo en 20 minutos.

    Compartile el contexto completo de la semana. Qué funcionó. Qué no. Qué decisiones siguen abiertas. Quién dijo qué.

    Después pedile lo que tu equipo no se anima a pedirte:

    "Identificá las tres preguntas más incómodas que mi equipo debería estar haciéndome y no me hace."

    Una reunión preparada así vale tres veces más que una improvisada. En lugar de llegar a actualizar status, llegás a destrabar lo que importa.


  3. Estresá tu estrategia antes de comunicarla.

    Antes de presentar una decisión grande, ponela a prueba:

    "Esta es mi estrategia para los próximos 6 meses. Imaginate que sos el inversor más escéptico de mi cap table. ¿Qué supuestos estoy asumiendo que podrían estar mal? ¿Qué te haría votar en contra?"

    Si tu estrategia no sobrevive ese análisis, no está lista para tu equipo.
    Y si la rompés ahí, en privado, te ahorrás romperla en público con veinte personas mirándote.


El Patrón

El patrón es el mismo en los tres casos.

No le pedís a la IA que piense por vos. Le das contexto real y la usás para ver lo que sola no verías. Para que te haga las preguntas que tu equipo no se anima a hacerte. Para que te muestre los supuestos que vos mismo dabas por ciertos.

Casi nunca lo que te frena son los datos ni el tiempo. Es no haberte sentado a mirar con honestidad lo que ya tenés enfrente.